viernes, 28 de marzo de 2014

Kent Nagano. Elegancia.






Ni un gesto de más

Aquella tarde-noche del 30 de septiembre de 1986, en un concierto enmarcado en el Festival de Otoño de Madrid, tuvimos la ocasión de asistir al estreno en España de San Francisco de Asís de Olivier Messiaen. El compositor francés estaba en la sala. Y en el podio se situaba un joven y desconocido director de rasgos orientales llamado Kent Nagano, que había colaborado meses atrás con Seiji Ozawa en la preparación de la ópera. El recuerdo acude a nuestra memoria cuando el director norteamericano visita de nuevo España al frente esta vez de la Sinfónica de Montreal. Podremos volver a ver su enjuta y fina figura, su larga melena, su cimbreante forma de moverse, sin un gesto de más. Es artista de criterios objetivos, de planteamientos tímbricos diferenciados y de línea fraseológica concisa y transparente, minucioso, tranquilo, capaz de establecer y construir progresiones, de nimbar de luces variadas las exposiciones. 

Nos da siempre Nagano una confortable sensación de ligereza, de elegancia contenida y justa. Sus texturas son aéreas pero firmes y es enemigo de cualquier exceso. Lo que puede ocasionar, a veces, una cierta falta de calor, de efusión. Una limitación que suele llevar ocasionalmente a la construcción de edificios sinfónicos exentos de ideal envergadura. Tal y como nos pareció aquella Quinta de Mahler -compositor, como se ve, de sus preferencias-, ofrecida años ha en la capital y que vuelve a brindar ahora con la Orquesta Nacional de España. En Madrid ha dirigido asimismo otras grandes sinfonías, como la Cuarta de Bruckner. Carrera ya muy importante la suya. Tras pasar por la Sinfónica de Londres, la Ópera de Lyon, la Orquesta Hallé de Manchester, la Radio de Berlín y la Ópera de Baviera, Nagano domina hoy las falanges de Montreal y de Gotenburgo. 

ARTURO REVERTER